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  • BEATA MARIA ANTONIA DE SAN JOSE

    BEATA MARIA ANTONIA DE SAN JOSE-´´MAMA ANTULA´´
    Fundadora de la Santa Casa de los Ejercicios Espirituales.
    (1730 - 1799)
    Fundadora de la Sociedad Hijas del Divino Salvador

  • Congregación HIJAS DEL DIVINO SALVADOR

    BEATA MARIA ANTONIA DE SAN JOSÉ
    Fundadora de la Santa Casa de los Ejercicios Espirituales.
    (1730 - 1799)
    Fundadora de la Sociedad Hijas del Divino Salvador

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2 SANTOS DE LOS EJERCICIOS IGNACIANOS

Canonización del Cura Brochero y Beatificación de Mamá Antula Canonización del Cura Brochero y Beatificación de Mamá Antula La Conferencia Episcopal Argentina expresa su alegría por el doble don del Espíritu Santo que este año se manifiesta de modo particular cuando la Iglesia nos confirma la beatificación de la venerable María Antonia de San José (Mama Antula) y la canonización del Beato José Gabriel del Rosario Brochero (Cura Brochero). Las mismas se realizarán respectivamente el 27 de agosto en Santiago del Estero y el 16 de octubre en la Plaza San Pedro en Roma. Mamá Antula consagró sus días a divulgar los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Fiel discípula de los padres jesuitas expulsados de nuestro país en 1767, asumió la vocación de peregrinar por nuestra tierra organizando los grupos de ejercitantes hasta llegar a Buenos Aires, donde, después de padecer adversidad e incomprensión, gracias a su fortaleza de espíritu, levantó la Santa Casa de Ejercicios que hasta el día de hoy en forma ininterrumpida presta un servicio evangelizador a miles de bautizados, facilitando el encuentro con Jesús en la oración y el silencio. El Cura Brochero, esclarecido por su celo misionero, su predicación evangélica y su vida pobre y entregada, es modelo para todos. Preocupado por el bien común y el bienestar de su pueblo acometió con innumerables obras materiales trabajando codo a codo con sus paisanos. Durante más de una década organizó contingentes de ejercitantes ?varones y mujeres- emprendiendo el largo camino de las Altas Cumbres para llevarlos a la Casa de Ejercicios de Córdoba. Para él evangelización y promoción humana eran caras de una misma realidad. También hoy en Villa Cura Brochero el monumento pastoral a su obra es la Casa de Ejercicios Espirituales, que construyó con ingente esfuerzo y la colaboración de todos. Ambos, con un solícito amor a los pobres y un incansable entusiasmo por instruir a niños y niñas en la catequesis, con austeridad de medios y de vida, y como audaces peregrinos de los caminos del Evangelio, son una imagen viva de lo que hoy el Papa Francisco nos invita como Iglesia en salida. 173° Comisión Permanente Conferencia Episcopal Argentina 15 de marzo de 2016

Beatificación de Mama Antula

Biografía de Sor María Antonia de Paz y Figueroa
Nació en 1730 en la ciudad de Santiago del Estero. Desde muy joven comenzó a trabajar con los jesuitas colaborando en la organización de ejercicios espirituales. Luego partió a Buenos Aires, donde se dedicó durante veinte años a predicar el mensaje de Cristo.

En 1795 fundó la Santa Casa de Ejercicios Espirituales en Buenos Aires, la que aún sigue cumpliendo su misión bajo el cuidado de la congregación Hijas del Divino Salvador. Falleció el 7 de marzo de 1799 en dicha residencia, y sus restos descansan en la actualidad en la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad, de la ciudad de Buenos Aires.

El 2 de julio de 2010, Benedicto XVI autorizó a la Congregación para las Causas de los Santos a promulgar el decreto por el que se reconoce que la sierva de Dios María Antonia de Paz y Figueroa (María Antonia de San José) practicó las virtudes cristianas en grado heroico y la proclamó venerable.

Santiago del Estero: en una jornada histórica, beatificaron a Mama Antula

SANTIAGO DEL ESTERO.- La provincia es hoy el centro de la fe nacional y vivió una jornada sin precedentes en la rica historia de "La Madre de Ciudades", la ciudad más antigua del país, con la ceremonia de beatificación de Mama Antula, el paso previo a la canonización y quien pude convertirse en la primera santa del país.


Con la "Misa Santiagueña", a cargo del músico santiagueño Horacio Banegas y el percusionista Marcos Vizoso entre otros, dio comienzo la santa misa a las 11.30, la cual fue presidida por el cardenal Ángel Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos y concelebrada por los cardenales Mario Poli, primado de Argentina; José María Arancedo, titular de la Conferencia Episcopal Argentina; y Jorge Villalba, arzobispo de Tucumán, junto a monseñor Vicente Bokalic, obispo de esta diócesis y otros cincuenta obispos de todo el país.

También estuvo presente, en representación del Ejecutivo Nacional, la vicepresidenta Gabriela Michetti, de conocida militancia católica, quien se mostró emocionada por asistir a la ceremonia de beatificación y fue parte de la misa leyendo la segunda lectura de la misa, tratándose de la carta apostólica del apóstol Pablo a los cristianos de Tesalónica.

El resto de las autoridades civiles estuvieron encabezadas por la gobernadora local, Claudia Ledesma de Zamora, el vicegobernador, Josa Emilio Neder y el senador nacional por esta provincia, Gerardo Zamora.

Monseñor Bokalic, al inicio de la ceremonia, pidió formalmente al Papa Francisco, representado por el Cardenal Ángel Amato, "que se inscriba en el libro de beatos a María Antonia de San José". Seguidamente, la doctora Silvia Correale, postuladora para la causa de la beatificación y la Madre Zulema Zayas Superiora General de la Congregacion Hijas del Divino Salvador, realizaron una semblanza de la vida de María Antonia de Paz y Figueroa, destacando su vida misionera y al servicio de los más pobres y que finalmente tomara el nombre de María Antonia de San José.

Inmediatamente el Cardenal Ángelo Amato leyó el decreto del papa Francisco en la que deja inscripta en el libro de los beatos a Mama Antula: "Nosotros, cumpliendo los deseos de nuestro hermanos y también de muchos otros hermanos y fieles, después de haber escuchado el parecer de la Congregación para la Causa de los Santos, concedemos la gracia de que María Antonia, sea llamado beata de ahora en adelante, y que su fiesta sea celebrada el 7 de marzo", fecha de su muerte en 1799, siendo este el momento cumbre de la ceremonia.

Mario Poli agradeció a Francisco por intermedio del cardenal Amato la beatificación de la sierva de Dios María Antonia de San José, popularmente conocida como "Mama Antula".

La homilía estuvo a cargo del cardenal Amato, quien destacó la figura de la Beata afirmando que para el papa Francisco es conocida "no solo en su patria, sino en toda la iglesia por su extraordinario dinamismo apostólico, fundadora de la casa de ejercicios espirituales de Buenos Aires", y que "en ella parece renovarse la vocación del profeta jeremías", ya que "esta insigne mujer argentina fue una incansable misionera, por amplitud y resultados" y que en muchos casos "su apostolado superaba el de muchos celosos sacerdotes".

Hoy llevan su estandarte las religiosas Hijas del Divino Salvador.

Ejercicios y Retiros Abriertos 2018

Cronograma para el año 2018.

MARÍA ANTONIA DE SAN JOSÉ, BEATA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS Y ¿PRIMERA SANTA ARGENTINA?

A los quince años, María Antonia de Paz y Figueroa, oriunda de Santiago del Estero, profesó como beata de la Compañía de Jesús: dedicaría toda su vida a cooperar con los jesuitas en la organización de los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Sin embargo, la Real Pragmática de Extrañamiento de la Compañía de Jesús, de 27 de febrero
de 1767, dio a su existencia un viraje inesperado. Los datos sobre los primeros años de la beata santiagueña han quedado prácticamente circunscriptos a los que conserva la tradición. Nació en Santiago del Estero, Gobernación
de Córdoba del Tucumán, perteneciente en el momento de su nacimiento al Virreinato del Perú. No se ha encontrado su partida de bautismo, lo que ha dado motivo a dudas sobre el
lugar exacto de su nacimiento. Algunos investigadores del tema se inclinan por la ciudad de Santiago del Estero ?según figura en su testamento-, otros por la pequeña población de Silípica, ubicada a 65 kilómetros al sur de la anterior. Tampoco poseemos documentación sobre su filiación, no se sabe con certeza quiénes fueron sus padres, pero su pertenecía a la familia de los Paz y Figueroa queda ampliamente comprobada en la correspondencia que ella mantiene a lo largo de su vida, en la que nombra a varios sobrinos y primos: don Juan José de Paz, doña Josefa de Paz, don Pedro Aráoz, entre otros. A los quince años, es decir, a la edad en que la mayoría de las jóvenes de su época y condición social tomaban estado ?matrimonial la mayoría, religioso en un convento de clausura unas pocas- María Antonia optó, o fue impulsada por su familia o por sus circunstancias personales, por ser beata de la Compañía de Jesús.
El "estado de beata" había tenido su origen en Europa, en los siglos XII y XIII. Con el nombre de beguinas surgieron en la zona de Flandes, la cuenca del Rhin y el nordeste de
Francia; en Italia se las conoció como bizzoche; y en la Península Ibérica como beatas. Se trató de mujeres que llevaron una vida de oración y trabajo, que formulaban votos simples -temporarios y privados- de castidad y pobreza. Vivían en su propio hogar o en comunidades generalmente pequeñas. En la Península Ibérica valoraron la participación en la vida activa: la realización de labores asistenciales o caritativas. En el siglo XV aparecerán como un fenómeno masivo dedicadas a la formación de niñas, tareas hospitalarias, confección de hilados y tejidos, actividades con las que se mantenían.
Realizaban votos simples de castidad y pobreza, pero no de obediencia, ni vivían en clausura. En consecuencia, sufrieron la desconfianza de algunos sectores de la Iglesia en una época en que el lugar ideal para la mujer era el hogar o el convento.
Al mismo tiempo que en algunos concilios se legislaba contra la existencia de los beaterios, o se exigía a los existentes convertirse en conventos de clausura, y se sometía a algunas beatas -acusadas de alumbradas e ilusas- al Tribunal de la Inquisición, sorpresivamente
encontramos algunas de ellas viajando hacia América con la bendición de la reina Isabel, esposa de Carlos V. En 1530, en respuesta a un pedido de fray Juan de Zumárraga, llegaron a México seis betas franciscanas que se ocuparon de la enseñanza de las hijas de caciques y principales de la tierra. Con los años surgieron beaterios en la isla La Española, Guatemala, Lima.
En el Rio de la Plata también existieron mujeres que optaron por vivir insertas en la sociedad en calidad de beatas. Se hace referencia a ellas en las Cartas Anuas de los jesuitas, en las actas capitulares y en testamentos. A través de estos documentos sabemos que Santiago del Estero, La Rioja, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires contaron con beatas que se dedicaron a llevar vida de oración recluidas en sus propios hogares, a la educación de las niñas, al cuidado de huérfanas, al enterramiento de los más carenciados. En muchos casos se trata de beatas de la Compañía de Jesús. Estas mujeres recibían la guía espiritual de los jesuitas, hacían los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, algunas fueron auxiliares en las
casas donde se daban los ejercicios ocupándose de las tareas domésticas, y muy probablemente encontraron en la práctica de la espiritualidad ignaciana un sentido para su
vida. La fuerte presencia de los jesuitas en Santiago del Estero nos ayuda a comprender el primer tramo de de la trayectoria de María Antonia de Paz y Figueroa. En el siglo XVII habían recibido en donación las estanzuelas de Quimilpa que convirtieron en centro de misión, y la
estancia de Silípica, como ya vimos, probable lugar de nacimiento de la beata. En el XVIII organizaron las reducciones de la Concepción de los Abipones y San José de las Vilelas. En la ciudad de Santiago del Estero tenían su iglesia, con capilla de naturales, un primer patio
con dos piezas: una que servía de clase y la otra de escuela de niños. En el segundo patio, además del almacén y despensa, se hallaban diez aposentos y una capilla. Tenían además una Casa de Ejercicios espirituales: esta fue el hábitat de la beata durante más de veinte años. Allí -junto con otras beatas- se dedicó a cooperar con los padres de la Compañía en la organización de los Ejercicios espirituales.
El voto de pobreza realizado por María Antonia "ante los altares" -directamente a Dios- ya que los jesuitas no tenían tercera orden ni rama femenina, supuso concretamente
desprenderse de su apellido, del prestigio social que suponía en Santiago del Estero pertenecer a la familia de los Paz y Figueroa, de la vida acomodada correspondiente a su estatus. A tal punto se produjo el despegue de su grupo familiar más íntimo que, años más tarde el padre Gaspar Juárez, corresponsal de la beata durante décadas ignora y averigua quiénes fueron sus padres. Pero no obtiene respuesta. Vistió la sotana jesuítica desde el momento de la profesión. A las beatas, que vivían en el mundo, esta vestimenta les sirvió como distintivo de su estado de mujeres consagradas y a la vez de símbolo de la renuncia a
las riquezas temporales, escudo y protección de su castidad y motivo de admiración por parte de un sector de la sociedad.
El 27 de febrero de 1767 el rey Carlos III de España promulgó la Pragmática Sanción de Expulsión de la Compañía de Jesús. Cuatrocientos cincuenta y cinco jesuitas salieron desde el Rio de la Plata rumbo a Europa. Para la mayoría de los que en adelante debieron ser llamados "los expulsos", este decreto significó el comienzo de una vida llena de
dificultades, acentuadas cuando pocos años más tarde, en 1773, el papa Clemente XIV decidió la supresión de la Compañía de Jesús. En América significó la agonía o el cambio de rumbo de sus obras: las misiones, los colegios, las universidades, las estancias. Sin embargo, una de sus actividades, los ejercicios espirituales, cobraría en el Rio de la Plata una fuerza aún mayor. Contra todo lo previsible en una sociedad patriarcal, los jesuitas
fueron relevados en la organización de los ejercicios no por otras órdenes o por sacerdotes del clero secular, sino por una mujer: María Antonia de San José. Para ella, la expulsión de la Compañía fue motivo de angustia y de dolor, de una ausencia que marcó toda su vida, sus actos, sus pensamientos: en tono de reproche le escribe al padre Juárez: -Extraño mucho que no sepa V.M. cuál es la causa de mis fatigas y crueles penas. Pues ¿Cuál ha de ser, sino el ver la Compañía de mi Manuelito o de mi Jesús retirada, extrañada y desterrada de estos países en los últimos confines del mundo? Este es mi tormento, este es mi
desconsuelo", pero también y fundamentalmente, fue motor. Llenar el lugar dejado por "sus amados Padres", continuar o tal vez tendríamos que decir, dar un impulso nunca visto a los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, se convirtió en la meta de su vida: una meta disparatada. Muy ambiciosa, aparentemente sin posibilidades de concretarse. Junto con la expulsión se había decidido la expropiación de todos los bienes que habían pertenecido a la Compañía. Algunos de los cuales habían servido para mantener
económicamente los ejercicios, lo que convertía su ideal en casi impracticable. La sola mención de la palabra "jesuita" estaba prohibida. Sin embargo, todos estos inconvenientes
parecieron confirmar a María Antonia en su determinación: "algunos han reputado mis pretensiones por locas o por ridículas -afirma- no me embaraza este desorden, porque el
mundo, siempre fatuo y siempre adverso al Evangelio, debe explicarse con oposición a todo lo que es contrario. Bien me intima Jesucristo: Os perseguirá el mundo, pero alentaos; yo he vencido al mundo".
Dentro del año de la ausencia jesuítica la beata comenzó a organizar los Ejercicios en la ciudad de Santiago del Estero y dos pequeñas poblaciones cercanas: Silípica y Salabina, para lo cual contó con la ayuda del Padre Nis, de la orden de la Merced. Ante la decisión de emprender una misión por zonas apartadas de la ciudad, tomó la cruz alta que la acompañó toda su vida. Era la cruz de dos varas de alto que llevaban los jesuitas cuando salían a visitar y confesar enfermos. ¿Un bastón en su peregrinar, un símbolo de que Cristo presidía sus acciones, un elemento que los feligreses relacionaban con un báculo y que les hacía
presente la misión pastoral de la beata? También llevó consigo una imagen de Nuestra Señora de los Dolores a quien nombrará abadesa de las distintas casas de ejercicios; y una capa de jesuita que uno de los padres le había entregado en el momento de la expulsión de la orden.
Despojada de todo elemento material que la pudiera atar a persona o sitio alguno, y armada con sus votos simples, la sotana y la capa, la cruz alta y la imagen de la Dolorosa, en 1768 dejó su patria natal y se dirigió hacia el norte. Se hacía necesario conseguir la licencia del obispo de la diócesis de Córdoba del Tucumán para continuar organizando los ejercicios en distintas ciudades.
A través de su correspondencia se vislumbra el objetivo de la actividad misionera que desarrollará toda su vida. En realidad hay dos objetivos: uno explícito y otro encubierto: El primero que expresa reiteradamente, es la mayor gloria de Dios y bien de las almas, mantener los Santos Ejercicios del Glorioso San Ignacio para que del todo no pereciese una obra de tanto provecho, su deseo de reformar las costumbres y la conversión de los pecadores. Sin embargo, en su correspondencia con el padre Juárez y con don Ambrosio Funes, a quienes expresa sus más íntimos deseos, aparece otro objetivo, aquel que debido al Real Decreto de Expulsión de la Compañía, no podía dar a conocer abiertamente: la restauración de la Compañía de Jesús. Es en torno a este tema donde podemos penetrar más hondo en sus sentimientos, conocer sus más profundos deseos. La extradición de los jesuitas es la causa de sus penas y fatigas que padece. Los quiere ver "restituidos en su
honor" y es categórica en su deseo: "yo no los quiero sino en sus propias sotanas". Y confiada en que se producirá su regreso tratará de mantener viva la práctica de los
ejercicios en el Rio de la Plata.
Se hacía necesaria la licencia de su obispo, don Juan Manuel de Moscoso y Peralta, que en ese momento se encontraba en Jujuy. En 1773 éste la autoriza a recoger limosna para mantener los ejercicios y fundar casa de recogimiento para beatas. Durante dos años organizó los ejercicios en las ciudades de Tucumán, Salta y el valle de Catamarca; luego organizó siete tandas seguidas en La Rioja. En Córdoba estará dos años -entre 1777 y 1779- llevando adelante la misma tarea y entablando amistades que la acompañarán toda la vida: con las monjas Teresas, con Ambrosio Funes, que durante décadas será su amanuense, su primer biógrafo, y, hasta su muerte, su corresponsal, amigo y confidente; con Margarita Melgarejo de Dávila y Moreno, quien al enviudar ingresará al grupo de beatas que se habían congregado en torno a María Antonia, y será luego su sucesora en la dirección de la Casa de Ejercicios de Buenos Aires.
El 6 de agosto de 1777 escribió al virrey del recién creado Virreinato del Río de la Plata informándole de sus logros en la diócesis de Córdoba y pidiéndole autorización para pasar a Buenos Aires. A fines de 1779 llegará a su nuevo destino, después de haber recorrido desde su partida de Santiago del Estero, más de dos mil kilómetros acompañada de un pequeño grupo de mujeres -sus compañeras del beaterio- deteniéndose en las principales ciudades
-aquellas donde habían estado los jesuitas antes de la expulsión- para organizar tandas de ejercicios que resultaron siempre exitosas. La ciudad capital, por el contrario, no recibió con agrado a estas peregrinas. En las cercanías de la capilla de La Piedad, donde el grupo buscó albergue, María Antonia y sus amigas fueron apedreadas por una pandilla callejera, insultadas y tratadas de brujas. No obstante, se entrevistó con el obispo, el franciscano don
Sebastián Malvar y Pinto, quien durante nueve meses le negó la autorización para organizar los ejercicios espirituales en la ciudad capital. Al cabo de ese tiempo, se convertiría en su más firme aliado: no sólo le dará la licencia necesaria, participará de los almuerzos junto a los ejercitantes, se pondrá a disposición de la beata, requerirá su consejo y su consuelo.
Las dos casas de ejercicios que los jesuitas habían tenido en Buenos Aires se hallaban destinadas, una a Casa Cuna, y la otra para mujeres "mundanas", custodiadas por la justicia, motivo por el cual durante quince años María Antonia debió organizar los ejercicios en dos casas alquiladas. La primera frente a la iglesia de San Miguel, la segunda en el barrio del Hospital.
Hacia 1783 unas 25.000 personas habían hecho los ejercicios ignacianos. Es que "concurren no solo los vecinos de la ciudad, los sacerdotes, doctores y presbíteros, los
principales seculares, sus mujeres e hijos y demás familia, agregados y sirvientes... otros
caminan muchas leguas para hacer los ejercicios". Y lo sorprendente es que, lejos de reproducir la sociedad estamental del siglo XVIII porteño, las señoras principales, según palabras de María Antonia, "no rehúsan mezclarse con las pobrecitas domésticas, negras y
pardas que admito con ellas. Se hace indispensable valerme de estos humildes arbitrios -agrega- para no malograr ni perder el fruto que ofrece el mismo Jesucristo que jamás hizo acepción de persona".
María Antonia no solo se ocupaba de elegir casa, nombrar director, mendigar en la ciudad y la campaña -ya que "a ninguno de los ejercitantes se le exigía ni un dinero por su estada y abundante manutención"- también pedía insistentemente se agilizaran los trámites en Europa: había que presentar en el Consejo de Indias el pedido de gracias hecho a la Santa Sede a través del padre Juárez, solicitar indulgencias para los ejercitantes y benefactores,
conseguir se le otorgara el derecho de elegir a su sucesora y al director de la Casa.
Después de siete años de haber solicitado licencia sin éxito, finalmente puede pasar a Colonia y a Montevideo a establecer los ejercicios. Una vez más la acompañó el éxito, las tandas llegaron a ser de hasta quinientas personas. Le donaron un terreno para la fundación de una casa de ejercicios, fundación que hasta donde sabemos, no se concretó. Al año siguiente está de vuelta en Buenos Aires y en carta a Funes le comenta: "estamos
actualmente procurando empezar a edificar la casa destinada a los ejercicios: yo procuro obra grande como de Dios y para Dios". En 1792 Antonio Alberti y Pedro Pablo Pavón
firmaron las escrituras de donación y venta. Una vez obtenidos los terrenos, la fundadora solicitó la licencia para la construcción al Virrey Arredondo y al Ilustre Cabildo de Buenos Aires: presentó el plano de la obra proyectada. Un proyecto que comprendía la casa del
capellán con su zaguán y cocina, una vivienda para la portera; veinticuatro celdas, altas y bajas, y los patios interiores para los ejercitantes; un área de servicio compuesta por un amplio refectorio, la despensa, el cuarto de amasar, la cocina, los hornos y un patio para las
sirvientas; un sector para uso exclusivo de las beatas con veintisiete celdas, despensa, refectorio y dos patios; un coro bajo -lugar de oración para las beatas, que se comunicaría mediante una reja con la iglesia- un locutorio, la portería y la iglesia. Se trata de una obra de carácter religioso pero con una fuerte inserción en lo social ya que lo que se pretendía con los ejercicios era reformar las costumbres, a tal punto que los efectos de los mismos se
medían por los efectos en la sociedad. En septiembre de 1794 el virrey Arredondo concedió la licencia para la edificación de la Casa, para el solo fin de dar los ejercicios espirituales al público, con exclusión de la iglesia pública que constaba en el plano.
Las incertidumbres y dificultades también tuvieron su espacio en esta obra. Fray Sebastián Malvar, obispo de Buenos Aires, había prometido a la beata la suma de 18.000 pesos. En el momento de concretar su oferta -siendo Malvar arzobispo de Santiago de Galicia- negó toda cooperación. Es más, llegó a reprobar los 1.400 pesos que ya había entregado pues "ni en la obra que María Antonia de San José ha emprendido, ni en las licencias que por ello
solicitó, suena su nombre". Cornelio Saavedra, intermediario en este trámite, comunicó: "creo debe desesperanzar de este dinero y no contar con él para auxilio de su obra". María Antonia, consternada, escribió al arzobispo. Sin embargo todo fue en vano, al llegar la carta a Santiago, éste había muerto. La Casa de Ejercicios se levantó con la limosna de los vecinos porteños, y se contó con una red de ayuda que llegó hasta el Paraguay, desde donde mandaron unos pocos pesos y abundantes palmas y tirantes.
La cooperación de los vecinos debe haber sido inmensa, pues la obra construida lo es. Si bien sabemos por su testamento que la Madre llevaba sus cuentas, éstas no se han conservado. Dicha ausencia me movió a buscar en las fuentes con que cuento una probable explicación de este logro. Me pregunté qué hizo posible que una mujer en una sociedad
patriarcal; laica intentando llevar adelante una obra fundamentalmente religiosa; beata de un orden disuelta y suprimida; abandonada en lo económico por la autoridad eclesiástica que le había prometido una importante suma de dinero, pudiera, a pesar de estas contradicciones, concretar su anhelo. Intenté comprender tanto la experiencia social de María Antonia como lo más íntimo de la misma: la constitución de su identidad, qué roles
construyó, asumió o le fueron otorgados por sus contemporáneos.
Se convirtió ante todo en "vehículo de Dios". Ignoro si tenía noticias de que hacía muchos siglos y en tierras muy lejanas, otras beatas habían asumido ese rol. Según ha quedado expresado en sus cartas, practicó la ?indiferencia ignaciana? que había llegado a comprender a través de los ejercicios espirituales. El ideal supremo del hombre, el último fin de su vida es, según lo expresa San Ignacio de Loyola en el Principio y Fundamento de los Ejercicios es: ?alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor? y para lograr este fin el ejercitante debe hacerse indiferente a todas las cosas criadas, sin ninguna afección
desordenada, solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que hemos sido creados (Ejercicios Espirituales, 24).
A través de sus cartas vemos que María Antonia puso en práctica las recomendaciones de Ignacio: "siempre me hallo en esta ciudad de Buenos Aires aguardando las disposiciones
divinas y me encamine adonde quiere Su divino agrado, con disposición de seguir, para la honra y gloria de Manuelito (diminutivo de Emmanuel) y bien de las almas, hasta a
proceder a los últimos términos de la tierra". Pero la "indiferencia" no supone de ningún modo pasividad: María Antonia dispone, se empeña, persigue sus objetivos.
Se consideraba a sí misma una "elegida de Dios", de un Dios que día a día "la constituye en sus beneficios, allana los caminos adornando los corazones de los vecinos de docilidad y amor para recibir los Ejercicios, es pródigo en socorrerla y le ha dado el don particular de ganar los corazones". En sus misiones apostólicas por gran parte del territorio de las diócesis de Córdoba y Buenos Aires sufrió accidentes: se rompió un tobillo, se dislocó un pie y fue "curada por el contacto de una mano invisible". Está convencida de que Dios inspira y avala sus prácticas. Algunos de sus contemporáneos también lo estaban:
Ambrosio Funes, en carta al padre Juárez comenta: "nos vimos obligados e reconocer en ella una fuerza divina. Era el Dedo de Dios quien movía principalmente esta gran obra".
Sus contemporáneos la consideraron mediadora de las gracias divinas. Siempre llevaba colgando del cuello un crucifijo singular con la imagen del Cristo niño -su Manuelito-
recostado sobre el lado derecho, con los clavos de la pasión en su mano izquierda. Una imagen a la que muchos feligreses le atribuían propiedades curativas. Ella misma se los comenta al padre Juárez cuando le pide que le envíe otro parecido "ya que el que tengo -le dice- no lo dejan, para enfermedades, para partos, en todo anda Él". ¿Por qué esta imagen y no otra? Ella encontró la siguiente explicación: "siendo tierno el afecto que sacan las almas
de los Santos Ejercicios, quizás por ilusión del demonio, se me postran a los pies y yo confundida de mi indignidad los aparto de mí, dándoles a besar a mi niño Dios". Mostraba así su total identidad con Jesucristo, o su rechazo de toda vanagloria y mediante esta afirmación relataba al padre Juárez cómo los ejercitantes, consciente o inconscientemente iban construyendo su faceta de mediadora de gracias divinas. Y ante el dolor, la enfermedad, la incertidumbre de un parto, acudían a ella, a "su" Manuelito.
Si tuviéramos que resumir en una frase la personalidad de María Antonia diríamos que fue una contemplativa en acción. Practicó la indiferencia, el discernimiento y fue apóstol, su vida desde 1767: una constante misión. Su idea matriz fue ayudar a las ánimas: las almas y los cuerpos, lo cual supone realizar obras de misericordia, acomodarse a las necesidades del prójimo, salir en su búsqueda.
En carta al virrey Cevallos explica el inicio de su vida apostólica: "ha de saber Vuestra Excelencia que desde el mismo año que fueron expulsados los Padres Jesuitas viendo yo la falta de ministros evangélicos y de doctrina que había y de medios para promoverla me dediqué a dejar mi retiro y salir (aunque mujer y ruin) pero confiada en la divina providencia, por las jurisdicciones y partidos con venia de los obispos". Se acababa de crear el Virreinato del Río de la Plata y se hacía necesario comunicar el hecho inaudito de que una mujer anduviera recorriendo el territorio, organizando los ejercicios de San Ignacio.
Entre líneas expone la beata una percepción de su misión: su rol de apóstol se inicia ante la ausencia de los que debían haber llevado adelante el anuncio: los jesuitas. Creyó necesario justificar su éxito como mujer apostólica: "Jesucristo es quien dirige mis pasos para recoger la mies que a Vuestras Mercedes no les ha sido permitido adquirir por profesión. Y como hace tanto tiempo que estaba abandonada -1767- 1777-, se recauda ahora (mediante la
voluntad de Dios) con una abundancia prodigiosa". Hasta aquí su interpretación y la obligada justificación de su rol apostólico. Sus contemporáneos también fueron conscientes de él. Don Pedro Arduz -quien había sido coadjutor de la Compañía- escribió: "está sustituyendo la falta de la Compañía [...] está la Compañía en espíritu en esta pequeña máquina de doña María Antonia, como lo está en Rusia y lo estuvo en 1766; don Isidro Lorea -un destacado vecino de Buenos Aires la describe como "una piedra desgajada de las ruinas de aquella Fortaleza [la Compañía], y hasta llegan a asegurar que es un jesuita disfrazado". Todo su accionar, profundamente atípico y original -por lo menos en estas latitudes- es aceptado y justificado tanto por ella misma como por su entorno, no a partir de sus posibilidades, condiciones personales o estrategias que utiliza, sino en función de que es instrumento de Dios y está llenando un vacío, conservando un espacio, manteniendo
vivo un deseo.
Además de las casas alquiladas y de la que hizo construir, de las limosnas que personalmente recogía en la ciudad y el campo, de los sacerdotes -tanto del clero regular
como del secular- que elegía para dar las tandas y administrar los sacramentos, María Antonia sabía que otros medios eran necesarios para el éxito de su misión. Solicitó y obtuvo autorización para hacer celebrar misa en la casa donde se daban los ejercicios, así como tener a Su Majestad reservado durante las festividades mayores; obtuvo indulgencias para los ejercitantes, confesores para casos reservados y llevar altar portátil en sus peregrinaciones.
También había que dar testimonio por las calles, llegar a todo el mundo. Que los habitantes de Buenos Aires, a pesar de la expulsión, vivieran la espiritualidad jesuítica. Pidió misas cantadas en honor de San Ignacio, San Estanislao y otros santos de la Compañía. El 22 de agosto de 1785 escribía al padre Juárez: "el día de San Ignacio tuvimos una gran fiesta en mi Oratorio, en Santo Domingo y en la Catedral, en La Piedad y en San Nicolás". Y no
podían faltar las procesiones: a los seis años de instalada en Buenos Aires comenta entusiasmada: "va a salir en procesión mi Señor Nazareno con toda la clerecía y los
ejercitantes los hago ir en procesión a alguna iglesia en donde está Su Majestad manifiesto, para la edificación de las gentes. Saldrá con licencia del Virrey pues lleva las atenciones de todo el pueblo. Al final de cada retiro los ejercitantes recorren muchas calles de la ciudad
cantando las letanías de la Santísima Virgen. Este espectáculo edificante atrae sucesivamente a otros ejercicios, de suerte que van en aumento y se hacen espléndidas conversiones".
Supo elegir dónde sembrar la semilla: lo hizo en terreno bien abonado. La obra emprendida por la Madre Beata en las ciudades del interior tuvo continuidad. A través de la red
epistolar que mantiene se entera que doña María Allende tenía a su cargo seguir con los ejercicios en el convento de las monjas Teresas en Córdoba; que en Salta se ocupaba de organizarlos una de las niñas de Toranzo; en Tucumán, su prima doña Josefa de Paz los ha organizado cada año; desde Santiago, en cambio, la llaman continuamente pues desde que
se fue no han tenido ejercicios.
Su labor va rindiendo frutos: "están las gentes en el mejor arreglo que en el que estaban". En Buenos Aires había crecido tanto el desorden que ya apenas se encontraban en muy pocas personas la honestidad y el recato; la Casa de Comedias debió cerrar por falta de público pues cuando coincidían las representaciones con los ejercicios, concurría mucha gente a los ejercicios y ninguna a aquella. Se estableció la Congregación de la Buena Muerte, se crearon Escuelas de Cristo en la iglesia que había sido de la Compañía, en la Merced, La Piedad, Monserrat, la Concepción, y cree que hasta en San Nicolás. Todo esto, afirma, ha sido impuesto desde los ejercicios.
En 1792, año en que la beata se encontraba organizando los ejercicios espirituales en Montevideo, aparecía en Europa El Estandarte de la Mujer Fuerte, un opúsculo de unas
quince páginas sobre su accionar, redactado a partir de los datos aportados por ella misma en sus cartas y por vecinos de Buenos Aires y de Córdoba. Una correspondencia compilada, traducida al italiano y distribuida entre los jesuitas expulsos en Italia por el padre Gaspar Juárez, el destinatario directo de las cartas de la beata y ompatriota de la misma. Después de describir su trayectoria, sus éxitos, sus viajes, su capacidad empresarial, su carisma, en fin, su veta apostólica, el autor de El Estandarte -no sabemos quién fue- expresa: "María Antonia no ejecuta sino lo que le es permitido a una mujer hacer; ella no enseña ni predica y no tiene ninguna dirección inmediata de almas, pero en toda ocasión, ella exhorta sin cesar a llenar sus obligaciones, a corregir sus faltas; se impone la tarea de hacerlos instruir en los puntos esenciales de su religión si los ignoran, se la viene a consultar sobre cosas íntimas de todas partes y aún cuando habla poco, sin elocuencia, pocas palabras bastan, llegan al corazón más bien que al oído, son siempre adaptables al objeto y dejan una fuerte
impresión. Nuestra apostólica María Antonia hace aquí lo que hacía la Compañía". Un grupo muy importante de vecinos porteños reconoció su carisma, se sintió comprendido en
algunas de sus necesidades y cooperó con ella en la construcción de la Casa de Ejercicios y el Beaterio.
Fue solo después de su muerte -ocurrida el 7 de marzo de 1799- cuando se alabó su rol apostólico: El padre Julián Perdriel, OP, en el sermón fúnebre que pronunció a los cuatro meses de muerta la Madre Beata, expresó: "Propagar este fuego sagrado de amor de Dios hasta los confines de la tierra fue la misión divina de los Apóstoles; llevar la virtud y hacerla amable en dilatadas y remotas provincias fue el constante empeño de innumerables varones apostólicos, de los Ferreres en Europa, de los Javieres en el Asia, de los Beltranes en la América septentrional. Inflamarse en deseos ardientes de santificar a sus prójimos, fue anhelante preocupación de Santa Rosa de Lima. Santificarlos efectivamente en estas partes de nuestra América Austral, fue pensamiento heroico, ejecución feliz, obra inmortal de la Señora Beata María Antonia de San José?. Su rol apostólico es reconocido plenamente. En
Buenos Aires, entre los que la habían conocido, fray Julián Perdriel pudo compararla con los mismos apóstoles, con san Antonio Ferrer, con san Francisco Javier, con fray Luis
Beltrán, y buscando un referente femenino, optó por la primera santa americana, santa Rosa de Lima. Ya no estaba solamente llenando un vacío, custodiando una espera: a los cuatro meses de su muerte se la reconoció públicamente como apóstol de la Iglesia y se insinúa la posibilidad de su acceso a los altares.
Los primeros pasos concretos dados con la meta precisan de iniciar el proceso de beatificación de María Antonia de San José se dan recién durante la década de 1860. Un período de organización nacional: la Argentina unificada desde 1862 y una mayor institucionalización de la Iglesia en Argentina con la creación del arzobispado en 1865.
Al producirse la demolición de la antigua iglesia de Nuestra Señora de la Piedad para levantar la actual basílica, allá por el año 1867, las Beatas de la Casa de Ejercicios, ante el temor de que se perdieran para siempre los restos mortales de su fundadora enterrados en el
camposanto de la iglesia de La Piedad, acudieron al arzobispo Mariano Escalada a fin de que los hiciera buscar. Una búsqueda que dio sus frutos: colocados en una urna, con el tiempo se fijó su sepultura en la nave lateral derecha de la actual basílica, donde reposan hasta el día de hoy (Bartolomé Mitre y Paraná). En 1878 el beaterio se transforma en congregación: la Sociedad Hijas del Divino Salvador.
El primer centenario de la muerte de María Antonia de San José -1899- fue ocasión para recordar su figura: se celebró una misa en la iglesia de la Concepción vecina a la Casa de
Ejercicios, en la que predicó el Rector del Colegio del Salvador, y el Dr. Honorio Martel,"ante la ausencia de antecedentes y documentos", tradujo El Estandarte de la Mujer Fuerte del francés al español. El hallazgo y traslación de los restos mortales y la difusión de la vita
de la Madre Beata, constituyen las dos columnas sobre las cuales comienza a construirse la causa de su beatificación.
Para la reconstrucción y el análisis de dicha causa he tomado como fuente documental la Positio, publicada en Roma en 2007. Un texto que contiene las pruebas con las que se desea demostrar la fama de santidad y la práctica de las virtudes en grado heroico de la Sierva de Dios María Antonia de San José, en el siglo de Paz y Figueroa.
El 30 de noviembre de 1905 los obispos argentinos pidieron a Su Santidad Pío X la introducción de la causa de beatificación de María Antonia de San José. La primera etapa, el proceso informativo ordinario confiado a Monseñor Marcos Ezcurra, deán de la catedral de Buenos Aires, duró un año y la documentación fue enviada a Roma en 1906. La
aprobación de los escritos por parte de la Congregación de Ritos lleva la fecha de 1916; la introducción se produjo en 1917; y recién en 1941 se dio el decreto de Non Cultu -ausencia de culto público- una década en la que se lleva a cabo una importante recopilación de fuentes, entre las que se destaca la de J.M. Blanco, SJ, 1942.
Durante muchos años -por distintas razones, se señala brevemente en el documento- queda paralizada la causa. Hasta que en 1998 la Madre Hilda Ledesma, Superiora General de las Hijas del Divino Salvador, en un momento en el que numerosas fundadoras de congregaciones forman parte del elenco de causas argentinas, dio inicio al segundo período:
nombró postuladora a la Dra. Silvia Correale, solicitó al arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge Bergoglio SJ, la realización del proceso diocesano sobre la continuación
de la fama de santidad de la Sierva de Dios; se nombró la Comisión Histórica -presidenta
Lic. Graciela Ojeda de Río; Miembros Lic. Walter del Río y Lic. Alicia Fraschina- y se tomó declaración a los testigos convocados.
Una vez entregada la documentación del proceso a la Congregación de las Causas de los Santos a mediados de 1999, la marcha de la Causa -ahora en Roma- se acelera: en agosto se decreta la apertura de la misma y en diciembre la validez jurídica tanto de la fase informativa (1905-1906) como de la diocesana supletiva (1999). En abril de 2000 se
designa al relator de la Positio y a su colaborador externo. Tanto a Monseñor José Luis Gutiérrez como a Monseñor Guillermo Karcher les esperaba una ardua tarea: elaborar un texto muy completo teniendo en cuenta centenares de documentos originados en fechas
muy distantes, dispersos en reservorios de Buenos Aires, Roma y el Vaticano, redactados en diversas lenguas: español, italiano, francés, inglés y latín. Un texto de casi 800 páginas organizado en cuatro sesiones.
En los testimonios del primer período -1905/6- se valora la pertenencia de María Antonia de San José a una familia tradicional y de antigua data, se pone el acento en su fama de santidad y en sus virtudes extraordinarias, su caridad, su humildad, que ella despliega "en grado heroico". Las hermanas de la Casa de Ejercicios la recuerdan como muy santa y casta, austera y penitente -al punto de usar disciplinas- y dormir sobre una tarima de madera. Pero por sobre todo se la caracteriza como protagonista de hechos maravillosos, prodigiosos, intercesora de milagros, esas pruebas tangibles del poder de sobrenatural tan caras a los fieles: la multiplicación de alimentos, la sanación de enfermos y la causante de millares de conversiones. Son contundentes en sus testimonios, "saben" que ha muerto "en
olor de Santidad".
Los testimonios del Proceso Supletorio de 1999 dejan ver que si bien se ha usado el mismo esquema de interrogación, las percepciones que transmiten los testigos van construyendo una candidata a santa diferente de la del primer período. La enumeración de sus virtudes ya no va acompañada por la tradicional expresión "en grado heroico". Su fama de santidad continúa: definida ahora como "amiga de Dios", se la propone como modelo de santidad.
Un modelo novedoso que lleva la impronta de la segunda mitad del siglo XX, del Concilio Vaticano II, y de una nueva interpretación del rol de la mujer en la sociedad. En
consecuencia, María Antonia es descripta, una y otra vez, como mujer laica, evangelizadora, comprometida con su entorno, adelantada para su época, capaz de desafiar
el poder civil que había expulsado a los jesuitas, modelo de vida por su lucha en pos de los derechos del ser humano, y por el reconocimiento del espacio que debe ocupar la mujer en la sociedad. También se la reconoce como "instrumento de Dios", intercesora de sus gracias, relacionadas en su mayoría con sanaciones físicas y espirituales y con la resolución de conflictos laborales.
Se trata de percepciones, de relatos condicionados por las pautas culturales vigentes, por el contexto histórico en el que surgen, por las preguntas que se formulan, por la convicción de que se están construyendo testimonios que serán evaluados -científicamente evaluados en la segunda etapa- y teológicamente interpretados.
Sin duda estamos ante una personalidad singular, carismática, capaz de descubrir y
reconocer los intersticios de libertad que su contexto y su condición de beata de la Compañía le brindaban y de interpretar y a la vez interpelar -con cada una de sus prácticas- la sociedad de su época. Una serie de condiciones por las que el 27 de agosto de 2016 fue
reconocida beata de la Iglesia Católica en una muy sentida ceremonia que se llevó a cabo en su patria chica, Santiago del Estero.
Actualmente el proceso de canonización está encaminado. El 3 de abril se presentó en Santa Fe -Argentina- el libellus con los estudios correspondientes a la curación de un
hombre de 58 años que ha sufrido, en dicha ciudad, un ACV isquémico severo en julio de 2017 y hoy se encuentra recuperado. El viernes 13 de abril dará comienzo el Tribunal canónico para iniciar el proceso del posible milagro por la intercesión de María Antonia de San José -popularmente más conocida como Mama Antula- con el juramento de los miembros del Tribunal.

Alicia Fraschina.
Para más datos y una completa bibliografía, ver de esta autora La expulsión no fue ausencia. María Antonia de San José, beata de la Compañía de Jesús: biografía y legado,
Prohistoria ediciones, Rosario, [2015] 1ª. reimpresión 2017.

Festejos Aniversario de la Beatificación de Mama Antula.

A un año de la beatificación seguimos caminando tras sus pasos.
A pesar del día la gente nos acompañó y una vez más quisimos estar juntos a nuestra beata, modelo de mujer fuerte y misionera que supo ganar su lugar en su tiempo y que recobra fuerza hoy, convirtiéndose en ejemplo para todos los argentinos.
Infinitas gracias a todos y a cada uno de los que con el corazón acompañaron la peregrinación y la celebración de la santa misa en su nombre, en la que se vivieron momentos muy emotivos.
Una vez más , la comunidad dijo "presente", honrando el nombre de esta gran mujer.

10 DE NOVIEMBRE DE 2015


Congregación Hijas del Divino Salvador

"La providencia del Señor hará llanos los caminos que a primera vista parecen insuperables."

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